Este cuento va de una revolución, una historia sobre máquinas que aprenden, países que compiten, empresas que sueñan con hacerse ricas y una humanidad que comienza a preguntarse si todavía lleva las riendas de su propio futuro.
Tabla de Contenidos
Toggle1. Érase una vez una máquina que aprendió a hablar…
No hace demasiado tiempo, en un mundo muy parecido al nuestro, las máquinas tenían una misión bastante sencilla: obedecer.
Una lavadora lavaba, una calculadora calculaba y un ordenador hacía exactamente aquello para lo que había sido programado. Podían ser extraordinariamente rápidos, pero nadie esperaba que mantuvieran una conversación, escribieran un poema o propusieran una solución a un problema que nunca antes habían encontrado.
Hasta que, un buen día, algo comenzó a cambiar: las máquinas empezaron a reconocer rostros, comprender palabras, traducir idiomas, crear imágenes y responder preguntas. Incluso llegaron a ayudar a los científicos a investigar enfermedades y descubrir nuevos materiales.
Y entonces ocurrió algo curioso: millones de personas comenzaron a hablar con ellas como si fueran un compañero de trabajo, un profesor particular o un asistente siempre dispuesto a echar una mano.
Aquello tenía un nombre: inteligencia artificial.
Al principio, muchos lo contemplaron como una curiosidad tecnológica y otros pensaron que sería una moda pasajera. Pero pronto empezaron a descubrir que aquella herramienta podía hacer en segundos trabajos que antes necesitaban horas:
- Un agricultor podía utilizarla para detectar enfermedades en sus cultivos.
- Un médico, para analizar imágenes clínicas.
- Un pequeño empresario, para organizar su negocio.
- Y un estudiante, para entender aquella lección que se le resistía.
Eso sí, las máquinas también se equivocaban. A veces inventaban respuestas con una seguridad asombrosa y otras no conseguían resolver cuestiones aparentemente sencillas. Pero, a pesar de sus errores, seguían mejorando.
Y fue entonces cuando alguien formuló la pregunta que acabaría recorriendo oficinas, universidades, gobiernos y conversaciones entre amigos:
—¿Y esto se puede parar?
Y la respuesta resultó ser mucho más complicada de lo que parecía.
2. El reino donde nadie quería llegar el último
En aquel mundo existían grandes potencias que competían por ser las primeras en casi todo. Durante décadas habían rivalizado por conquistar el espacio, fabricar los mejores aviones, dominar los mercados y desarrollar nuevas fuentes de energía. Y ahora tenían una nueva obsesión: conseguir la inteligencia artificial más avanzada.
Estados Unidos invertía enormes cantidades de dinero. China aceleraba sus investigaciones. Europa intentaba desarrollar sus propias capacidades y establecer reglas para que aquella tecnología respetara los derechos de sus ciudadanos.
Los gobernantes habían comprendido algo importante: la inteligencia artificial no era simplemente otro invento. Podía ayudar a descubrir medicamentos, mejorar fábricas, transformar el transporte, reforzar la investigación científica y hacer más productivas las empresas.
2.1 Los paises vecino
Imaginemos dos países vecinos.
- En el primero, las fábricas anticipaban sus averías, los hospitales utilizaban herramientas inteligentes y las pequeñas empresas automatizaban sus tareas administrativas.
- En el segundo, todo seguía funcionando exactamente como veinte años atrás.
Con el tiempo, el primero podría producir más, investigar más deprisa y competir en mejores condiciones. Por eso, cuando uno de los gobernantes propuso frenar las inversiones para estudiar detenidamente los riesgos, un asesor le respondió:
—Señor, podemos detener nuestros proyectos, pero ¿qué ocurrirá si nuestros vecinos continúan? Y el gobernante guardó silencio.
Había descubierto una de las razones por las que la inteligencia artificial parecía imparable: nadie quería quedarse atrás mientras los demás avanzaban.
Y así comenzó una carrera en la que cada participante tenía razones para seguir corriendo, incluso cuando no estaba del todo seguro de hacia dónde se dirigía.
2.2 Los mercaderes de la nueva fiebre del oro
Como sucede en casi todas las grandes revoluciones, pronto aparecieron quienes vieron en aquella tecnología una oportunidad para ganar muchísimo dinero. Las grandes compañías tecnológicas comenzaron a construir inmensos centros de datos, instalaciones repletas de miles de equipos informáticos capaces de realizar cantidades extraordinarias de cálculos: eran las nuevas fábricas de la era digital. Pero, en lugar de producir automóviles o electrodomésticos, desarrollaban y ejecutaban sistemas de inteligencia artificial. Aquellas instalaciones necesitaban procesadores muy avanzados, electricidad, refrigeración, edificios y enormes inversiones.
Los empresarios estaban convencidos de que quien consiguiera ofrecer los mejores servicios de inteligencia artificial podría conquistar mercados enteros. Y los inversores comenzaron a poner dinero sobre la mesa…. muchísimo dinero.
Las expectativas crecieron tanto que algunos economistas empezaron a preocuparse.
—Esto me recuerda a algo —comentó uno de ellos mientras observaba las cotizaciones bursátiles.
—¿A qué? —preguntó su compañero.
—A la fiebre de internet de finales de los noventa.
En aquella época, numerosas empresas habían alcanzado valoraciones extraordinarias simplemente por prometer grandes negocios relacionados con internet. Cuando quedó claro que muchas de esas expectativas eran exageradas, sus acciones se desplomaron y numerosas compañías desaparecieron. Era lo que los economistas llamaban una burbuja financiera.
Y algunos temían que pudiera ocurrir algo parecido con la inteligencia artificial.
Las inversiones crecían muy rápidamente, pero todavía existían dudas sobre si todas las empresas conseguirían generar beneficios suficientes para recuperar el dinero gastado. Si las expectativas resultaban excesivas, algunas compañías podrían sufrir pérdidas enormes.
Sin embargo, aquel economista añadió una observación importante:
—Recordad algo: cuando estalló la burbuja de internet, muchas empresas desaparecieron, pero internet no desapareció. Al contrario, terminó transformando el mundo.
Y con la inteligencia artificial podría suceder algo semejante. Una burbuja económica puede estallar sin que la tecnología que la provocó deje de ser útil. Las empresas pueden quebrar. Las inversiones pueden reducirse. Los mercados pueden equivocarse. Pero los descubrimientos científicos no se esfuman porque caigan las acciones en bolsa.
2.3 El conocimiento que ya no cabía en una caja
Durante algún tiempo, hubo quien pensó que bastaría con detener a las grandes empresas que desarrollaban inteligencia artificial para frenar aquella revolución… pero pronto descubrieron un problema: el conocimiento ya se había extendido por todo el mundo. Miles de investigadores trabajaban en universidades, centros científicos y empresas. Publicaban artículos, compartían descubrimientos y desarrollaban nuevos métodos. Además, existían sistemas cuyos componentes podían estudiarse y adaptarse bajo distintas condiciones de acceso y licencia.
Un investigador podía mejorar una técnica creada por otro. Una pequeña empresa podía aprovechar modelos desarrollados previamente. Una universidad podía descubrir formas más eficientes de realizar determinados cálculos.
Naturalmente, construir los sistemas más avanzados seguía siendo muy caro y estaba al alcance de relativamente pocas organizaciones, pero nadie podía guardar todo el conocimiento de la inteligencia artificial dentro de una única caja y cerrar la tapa. Era como intentar detener las matemáticas prohibiendo las calculadoras. Se podían establecer restricciones, controlar recursos estratégicos y limitar determinadas aplicaciones.
Lo que resultaba extraordinariamente difícil era conseguir que toda la humanidad dejara de investigar al mismo tiempo.
3. El aprendiz que comenzó a ayudar al maestro
Un día, en un laboratorio, ocurrió algo especialmente interesante: un grupo de científicos utilizó una inteligencia artificial para ayudarles a escribir programas, revisar errores y analizar resultados.
Hasta entonces, las personas habían construido las herramientas inteligentes. Ahora aquellas herramientas comenzaban a colaborar en la creación de otras nuevas.
—Es como si nuestro aprendiz empezara a ayudarnos a fabricar mejores herramientas —comentó uno de los investigadores.
Y tenía razón.
La inteligencia artificial puede acelerar determinadas tareas de investigación, analizar enormes cantidades de información y explorar soluciones que llevarían mucho tiempo mediante métodos tradicionales.
Imaginemos un equipo de ingenieros que intenta diseñar una batería más eficiente. En lugar de estudiar manualmente todas las combinaciones posibles de materiales, puede utilizar herramientas inteligentes para identificar opciones prometedoras y decidir cuáles merece la pena comprobar en el laboratorio. Así puede ahorrar tiempo y recursos.
Pero había un detalle fundamental: aquellas máquinas todavía necesitaban investigadores humanos, experimentos, comprobaciones y recursos materiales. Sus sugerencias podían ser erróneas y no todas sus conclusiones eran fiables. No eran aprendices mágicos capaces de convertirse automáticamente en maestros infinitamente superiores. Sin embargo, la posibilidad de utilizar IA para acelerar el propio desarrollo tecnológico planteaba una pregunta fascinante:
¿Y si algún día las máquinas pudieran contribuir de forma decisiva a diseñar inteligencias mucho más avanzadas que ellas mismas?
Nadie conocía la respuesta.
4. El día en que alguien preguntó si las máquinas serían más inteligentes que nosotros
En una universidad, durante una conferencia, una estudiante levantó la mano.
—Profesor, ¿llegará un día en que una inteligencia artificial sea más inteligente que cualquier ser humano?
El profesor sonrió.
—Depende de qué entendamos por inteligencia.
Explicó que las máquinas ya podían superar a las personas en numerosas tareas concretas. Una calculadora realizaba operaciones matemáticas mucho más deprisa que cualquiera de nosotros. Y determinados sistemas de IA podían analizar grandes cantidades de información o identificar patrones imposibles de detectar fácilmente a simple vista. Pero eso no significaba que fueran superiores a los seres humanos en todo.
Podían resolver problemas extraordinariamente complejos y, sin embargo, equivocarse al interpretar situaciones cotidianas, porque no tenían necesariamente el sentido común, la comprensión del contexto o la capacidad de desenvolverse en el mundo físico que las personas adquirimos mediante nuestras experiencias.
Los investigadores utilizaban la expresión inteligencia artificial general para referirse a la posibilidad de crear sistemas capaces de realizar una amplia variedad de tareas intelectuales con una versatilidad comparable a la humana.
Y más allá aparecía otra idea todavía más ambiciosa: la superinteligencia, una inteligencia que superaría ampliamente las capacidades humanas en numerosos ámbitos.
Pero el profesor advirtió:
—Que podamos imaginar algo no significa que sepamos construirlo, ni mucho menos cuándo podría hacerse realidad.
Algunos científicos creían que los avances llegarían relativamente pronto. Otros consideraban que todavía faltaban descubrimientos fundamentales. No existía acuerdo. Y mientras unos imaginaban máquinas capaces de resolver grandes desafíos científicos, otros se preguntaban cómo garantizaríamos que sistemas extraordinariamente poderosos actuaran de acuerdo con los intereses humanos.
La estudiante volvió a levantar la mano:
—Entonces, ¿deberíamos preocuparnos?
—Deberíamos investigar, prepararnos y establecer garantías, pero sin confundir las posibilidades del futuro con las realidades del presente.
5. La máquina que también se equivocaba
Y mientras el mundo discutía sobre inteligencias superiores, una pequeña empresa sufrió un problema bastante menos espectacular: había utilizado una herramienta de IA para preparar un informe destinado a un cliente. El documento era magnífico, perfectamente redactado, con una estructura impecable y contenía referencias aparentemente muy serias. Pero había un inconveniente: algunas de aquellas referencias no existían… ¡la máquina se las había inventado!.
El empresario comprendió entonces que una respuesta convincente no siempre era una respuesta correcta.
Aquel episodio sirvió para recordar algo que el entusiasmo tecnológico llevaba a veces a olvidar: los sistemas de inteligencia artificial todavía tienen limitaciones importantes. Pueden cometer errores, interpretar mal una pregunta, reproducir prejuicios presentes en sus datos o generar información falsa. Y cuanto más importantes sean las decisiones que se apoyen en ellos, mayores deberán ser las precauciones.
Un error al recomendar una película puede resultar anecdótico, pero un error en un diagnóstico médico, en una operación financiera o en una decisión administrativa puede tener consecuencias graves.
Por tanto, desarrollar sistemas más potentes no basta, también hay que conseguir que sean fiables, seguros y adecuados para el uso que se les quiera dar.
6. La oficina donde todos temían perder su trabajo
Y la revolución terminó llegando a una oficina bastante corriente. Trabajaban allí administrativos, contables, asesores y profesionales que llevaban años realizando sus tareas con dedicación. Un día, la dirección anunció que comenzarían a utilizar herramientas de inteligencia artificial para clasificar documentos, preparar informes, responder consultas y automatizar procesos. Algunos empleados se entusiasmaron, pero otros se preocuparon.
—Si una máquina puede hacer mi trabajo en cinco minutos, ¿para qué van a necesitarme? —preguntó uno de ellos.
Nadie tenía una respuesta sencilla. En numerosas profesiones, la IA podía convertirse en una herramienta que aumentara la productividad: un asesor podría dedicar menos tiempo a buscar información y más a atender personalmente a sus clientes, un médico podría recibir ayuda para analizar pruebas o un profesor podría preparar materiales adaptados a las necesidades de sus alumnos. Pero también era cierto que determinadas tareas podían desaparecer y que algunas empresas podrían necesitar menos trabajadores para realizarlas. Además, no todos tendrían las mismas oportunidades para adaptarse.
Los empleados con acceso a formación podrían aprovechar mejor aquellas herramientas. Otros correrían el riesgo de quedarse rezagados. Y allí apareció una lección que iba más allá de la informática:
La gran cuestión no era únicamente cuántos trabajos podía realizar una máquina, sino cómo preparar a las personas para un mundo en el que el trabajo cambiaría.
La formación, la actualización profesional y la capacidad de aprender nuevas habilidades empezaron a adquirir una importancia decisiva.
Porque la historia había demostrado que las revoluciones tecnológicas podían crear oportunidades extraordinarias, pero también dejar atrás a quienes no recibían ayuda para adaptarse.
7. El pequeño comercio y el gigante tecnológico
En una ciudad cercana, dos empresarios observaban la misma revolución desde posiciones muy diferentes. Uno dirigía una gran compañía con miles de empleados, especialistas informáticos y un presupuesto millonario. El otro tenía una pequeña tienda familiar.
- El primero podía contratar expertos y desarrollar sistemas propios.
- El segundo apenas tenía tiempo para ocuparse de sus clientes, gestionar proveedores y llevar la contabilidad.
Sin embargo, ambos podían beneficiarse de la inteligencia artificial: el pequeño comerciante podía utilizar herramientas accesibles para mejorar sus anuncios, organizar productos, analizar sus ventas o atender determinadas consultas.
Tecnologías que antes habrían requerido inversiones extraordinarias empezaban a estar al alcance de negocios modestos.
Pero existía un riesgo: si las grandes compañías acumulaban más datos, recursos y capacidad tecnológica, podrían aumentar todavía más su ventaja competitiva. La misma tecnología que podía democratizar determinadas oportunidades también podía concentrar poder económico. Y aquello no afectaba únicamente a las empresas, también podía suceder entre países, regiones y ciudadanos. Quienes dispusieran de mejores infraestructuras, formación y recursos tendrían más posibilidades de aprovechar la revolución. Los demás podrían quedar cada vez más lejos.
Por este motivo, algunos responsables públicos comenzaron a preguntarse cómo facilitar el acceso a estas herramientas, apoyar a las pequeñas empresas y evitar que los beneficios quedaran reservados a unos pocos.
La tecnología podía abrir puertas, pero alguien tenía que procurar que esas puertas estuvieran al alcance de todos.
8. El mundo donde ya no sabíamos qué era verdad
Otro día comenzó a circular por las redes sociales un vídeo sorprendente: en él aparecía una personalidad pública pronunciando unas palabras escandalosas. Miles de personas compartieron la grabación. Hubo indignación, discusiones y titulares .. hasta que se descubrió que aquel vídeo era falso: había sido creado mediante inteligencia artificial.
La tecnología permitía generar imágenes, voces y vídeos cada vez más convincentes. Y sí, aquello ofrecía posibilidades extraordinarias para el cine, la educación y la creatividad, pero también facilitaba nuevas formas de engaño.
Los delincuentes podían imitar voces para cometer estafas. Los grupos interesados en manipular a la opinión pública podían difundir contenidos falsos. Y cualquier ciudadano podía encontrarse con dificultades crecientes para distinguir una grabación auténtica de otra fabricada.
La inteligencia artificial no había inventado la mentira, pero podía hacer que producirla y distribuirla resultara más fácil, rápido y barato.
En aquel mundo, aprender a comprobar las fuentes, contrastar la información y desconfiar de las afirmaciones extraordinarias se convirtió en una habilidad tan importante como saber leer.
9. Los guardianes que intentaban poner reglas
Ante tantos cambios, los gobiernos comenzaron a intervenir: algunos defendían que era necesario favorecer la innovación para no perder competitividad, otros insistían en establecer controles estrictos para proteger a los ciudadanos.
La Unión Europea aprobó un reglamento específico para la inteligencia artificial, con obligaciones diferentes según los riesgos de cada aplicación y un calendario gradual de aplicación.
La idea era relativamente sencilla: no debía tratarse del mismo modo una aplicación que recomienda canciones y un sistema utilizado para tomar decisiones con consecuencias importantes sobre la vida de las personas.
Cuanto mayor fuera el riesgo, mayores deberían ser las garantías.
También se establecieron prohibiciones para determinadas prácticas consideradas inaceptables. Pero los reguladores se enfrentaban a un desafío considerable: la tecnología avanzaba rápidamente, mientras que elaborar leyes, alcanzar acuerdos internacionales y establecer mecanismos de supervisión requería tiempo. Además, las decisiones tomadas en un país no se aplicaban automáticamente en los demás.
Por eso, los guardianes comprendieron que no bastaba con levantar muros, había que construir reglas que permitieran aprovechar los beneficios de la inteligencia artificial sin dejar a los ciudadanos indefensos ante sus riesgos.
Regular una tecnología no significa necesariamente detenerla. Significa decidir bajo qué condiciones puede desarrollarse y utilizarse.
10. La nube que necesitaba electricidad y agua
Había otra cuestión que muchos habían pasado por alto, y es que a menudo se hablaba de inteligencia artificial como si fuera algo invisible que vivía en una misteriosa nube. Pero aquella nube estaba formada por instalaciones muy reales. Enormes edificios llenos de ordenadores necesitaban electricidad, materiales, sistemas de refrigeración y redes de comunicación.
Y cuanto más aumentaba el uso de la IA, más importante resultaba estudiar sus necesidades energéticas.
La Agencia Internacional de la Energía había advertido que la demanda eléctrica mundial de los centros de datos podía crecer considerablemente durante los próximos años. No toda esa electricidad se destinaba a inteligencia artificial, pero su expansión era uno de los factores que impulsaban la demanda. En determinadas instalaciones también se utilizaba agua para refrigerar los equipos, lo que podía generar tensiones en regiones con recursos hídricos limitados.
Y los investigadores comenzaron a buscar soluciones. Diseñaron procesadores más eficientes, sistemas de refrigeración mejorados y modelos de IA capaces de funcionar con menos recursos. También desarrollaron herramientas inteligentes más pequeñas que podían ejecutarse directamente en teléfonos móviles, máquinas industriales y otros dispositivos.
Pero apareció una paradoja: cuanto más barata y accesible se volvía la inteligencia artificial, más personas y empresas querían utilizarla, y por tanto, aunque cada operación consumiera menos energía, el consumo total podía seguir aumentando.
La humanidad descubrió así que el futuro de la inteligencia artificial no dependía únicamente de su capacidad para pensar o calcular, sino también de cuestiones tan materiales como disponer de electricidad, agua e infraestructuras suficientes.
11. Los tres caminos que aparecieron en el horizonte
Con el paso del tiempo, los habitantes de aquel mundo comenzaron a preguntarse cómo terminaría aquella historia.
Algunos imaginaron un primer camino. La inteligencia artificial continuaría desarrollándose de manera progresiva. Se integraría en hospitales, empresas, universidades, administraciones y hogares. Las personas aprenderían a utilizarla y las instituciones mejorarían sus mecanismos de supervisión. Esta sería una transformación profunda, pero relativamente gradual.
Otros imaginaron un segundo camino. Los científicos realizarían descubrimientos extraordinarios y las capacidades de la inteligencia artificial aumentarían con una rapidez difícil de prever. La medicina, la industria y la investigación podrían experimentar avances espectaculares. Pero en este caso la sociedad tendría que adaptarse a cambios mucho más rápidos de lo habitual.
Finalmente, otros contemplaron un tercer camino. La tecnología encontraría dificultades importantes. Algunas promesas empresariales no se cumplirían, las inversiones disminuirían y determinados avances resultarían más difíciles de conseguir de lo esperado. La inteligencia artificial continuaría utilizándose, pero su desarrollo sería más irregular.
Lo interesante era que los tres caminos podían mezclarse: podían existir períodos de grandes avances, seguidos de crisis económicas y nuevas etapas de innovación.
Nada garantizaba un crecimiento continuo ni una evolución sin obstáculos, pero tampoco parecía probable que las aplicaciones realmente útiles desaparecieran de la noche a la mañana.
12. Y entonces llegó la pregunta más importante…
Un día, después de escuchar a empresarios, científicos, trabajadores y gobernantes, una niña hizo una pregunta sorprendentemente sencilla:
—Si las máquinas van a ser cada vez más inteligentes, ¿quién decidirá lo que pueden hacer?
Los adultos se miraron. Habían dedicado muchísimo tiempo a discutir sobre inversiones, procesadores, empresas y sistemas cada vez más poderosos, pero aquella niña había llegado al centro del problema. Porque una cosa era desarrollar una tecnología y otra decidir cómo debía utilizarse.
La inteligencia artificial podía ayudar a un médico a detectar una enfermedad, pero la sociedad debía decidir qué garantías exigir para utilizarla en un hospital.
Podía mejorar la productividad de una empresa, pero las empresas, los trabajadores y las instituciones tendrían que afrontar las consecuencias laborales.
Podía personalizar la educación, pero los profesores, las familias y las administraciones debían decidir qué papel querían reservar a las máquinas en las aulas.
Podía analizar millones de datos, pero alguien tenía que garantizar que esos datos se utilizaran de manera legítima y respetando la privacidad.
Y podía ofrecer recomendaciones muy sofisticadas, pero eso no significaba que debiera tomar todas nuestras decisiones.
La niña volvió a preguntar:
—Entonces, ¿todavía podemos elegir?
Esta vez, alguien respondió sin dudar:
—Sí. No podemos decidir todo lo que se descubrirá mañana, pero sí tenemos mucho que decir sobre cómo queremos utilizar esos descubrimientos.
13. El final de un cuento que todavía estamos escribiendo
Y así llegamos al presente.
La inteligencia artificial sigue avanzando, impulsada por intereses económicos, competencia internacional, investigaciones científicas y una cantidad creciente de aplicaciones.
Detener completamente su desarrollo en todo el planeta parece extraordinariamente difícil, pero eso no significa que sus capacidades vayan a crecer indefinidamente, que todas las promesas se cumplan o que sus consecuencias sean inevitables.
Podría haber crisis económicas. Podrían aparecer límites tecnológicos. Algunas aplicaciones podrían fracasar. Otras podrían quedar sometidas a restricciones. Y ciertos avances podrían tardar mucho más de lo que hoy imaginamos. Y tampoco sabemos si llegaremos a desarrollar una inteligencia artificial comparable a la humana en todos los ámbitos o si algún día existirán sistemas ampliamente superiores a nosotros.
Todavía quedan demasiadas preguntas sin respuesta.
Sin embargo, hay algo que sí podemos afirmar: la inteligencia artificial no es simplemente una historia sobre máquinas, es una historia sobre nosotros, sobre cómo trabajamos, cómo aprendemos, cómo investigamos, cómo nos relacionamos y cómo decidimos organizar nuestra sociedad.
Una historia en la que los protagonistas no son únicamente los ingenieros de las grandes compañías tecnológicas, también lo son los profesores que enseñan a utilizar estas herramientas, los pequeños empresarios que las incorporan a sus negocios, los investigadores que estudian sus riesgos, los gobiernos que establecen reglas y los ciudadanos que deciden cuándo confiar en ellas.
Y quizá ahí esté la respuesta a nuestra pregunta inicial: ¿Es imparable la inteligencia artificial? Es muy probable que su desarrollo continúe, aunque no necesariamente al ritmo que hoy imaginamos. Lo que no está escrito es hasta dónde llegará, quién se beneficiará de ella ni cómo transformará nuestras vidas. Porque, aunque parezca que las máquinas empiezan a escribir parte del futuro, todavía somos nosotros quienes debemos decidir qué historia queremos contar.
Y este es, posiblemente, el mayor desafío de todos: no conseguir que las máquinas sean cada vez más inteligentes, sino demostrar que los seres humanos somos lo suficientemente inteligentes como para utilizarlas bien.
Y colorín colorado… este cuento no ha terminado. En realidad, acaba de empezar.
