La sed de la inteligencia artificial

Una pregunta al asistente digital parece no gastar nada. Pero detrás de la respuesta trabajan potentes ordenadores, instalaciones eléctricas y sistemas de refrigeración. ¿Cuánta agua y energía necesita esta revolución? ¿Y cómo podemos hacerla más sostenible?

1. Una pregunta sencilla, una maquinaria invisible

Imagine que abre una aplicación de inteligencia artificial y pregunta qué puede cocinar con los ingredientes que tiene en la nevera. En unos segundos aparecen varias recetas. No sale humo, no se oye ningún motor y la respuesta parece llegar de la nada. Sin embargo, para generarla ha sido necesario poner a trabajar ordenadores alojados en instalaciones físicas, a menudo muy lejos de nuestra casa.

La consulta viaja por Internet hasta un centro de datos: un edificio lleno de servidores —ordenadores preparados para trabajar sin descanso— que procesan información para miles o millones de personas. Esos equipos necesitan electricidad y desprenden calor. Igual que un móvil se calienta al realizar tareas exigentes, estos grandes sistemas deben refrigerarse para seguir funcionando.

Y ahí aparece una realidad poco visible: una parte de esa refrigeración puede necesitar agua. La inteligencia artificial, aunque se anuncie como un servicio “en la nube”, tiene una huella sobre el territorio.

2. La nube no flota: ocupa edificios y consume recursos

Cuando guardamos fotos o hablamos con un asistente digital, solemos imaginar una nube abstracta. En realidad hablamos de centros de datos con equipos informáticos, conexiones de fibra, sistemas eléctricos de respaldo y refrigeración. El auge de la inteligencia artificial está aumentando la demanda de estos servicios porque generar texto, imágenes o vídeos exige realizar muchísimas operaciones.

No todas las tareas son iguales. Pedir el significado de una palabra suele requerir menos trabajo que analizar un largo expediente o producir una secuencia de vídeo. Tampoco todos los modelos son igual de eficientes: algunos están preparados para tareas concretas y pueden resolverlas con menos recursos que otros más grandes.

2.1 ¿Por qué se utiliza agua para enfriar los ordenadores?

Pensemos en una terraza durante el verano: cuando el agua se evapora, ayuda a refrescar el ambiente. Algunas instalaciones informáticas recurren a un principio parecido. En sus sistemas de refrigeración, parte del agua se evapora para transportar el calor fuera del edificio. Esa agua debe reponerse.

Otros centros emplean refrigeración por aire o circuitos donde un líquido circula una y otra vez. Pero un circuito cerrado no garantiza, por sí solo, un consumo nulo de agua: todo depende de cómo se expulse finalmente el calor. Hay soluciones que utilizan muy poca agua directamente y otras que necesitan bastante más, según el diseño y el clima.

Además existe agua “invisible”: la que puede utilizarse en la producción de la electricidad que alimenta los servidores. Por eso es importante diferenciar el agua usada dentro del centro de datos de la huella hídrica más amplia asociada al servicio.

2.2 ¿Una consulta equivale a una botella de agua?

En las redes sociales han circulado equivalencias muy llamativas. Pero no existe un consumo de agua universal para cada pregunta a una inteligencia artificial. Depende del sistema, del lugar donde se ejecuta, de la dificultad de la tarea y de cómo se mida.

En 2025, Google publicó una estimación para las peticiones de texto de su asistente Gemini: una consulta representativa, situada en el valor central de las observadas, suponía unos 0,26 mililitros de agua —aproximadamente cinco gotas— y 0,24 vatios-hora de electricidad. Es una cifra comunicada por la propia empresa, correspondiente a sus sistemas y a un periodo determinado. No puede aplicarse sin más a otras plataformas ni interpretarse como la huella total de todos los recursos utilizados.

No hay una cifra única de agua por consulta: el resultado depende de qué hace la IA, dónde trabaja y qué se incluye en el cálculo.

Para apreciar el efecto de la escala, hagamos una cuenta hipotética: mil millones de consultas al día, con 0,26 mililitros cada una, sumarían 260.000 litros diarios. Es solo un ejemplo matemático, no el consumo real de una empresa, pero muestra por qué millones de acciones pequeñas merecen atención.

2.3 La otra gran factura: electricidad

Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos de todo el mundo consumieron unos 415 teravatios-hora en 2024: alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial. Es importante aclarar que esa cifra incluye todos los servicios de los centros de datos, no solo inteligencia artificial.

En el escenario central de la Agencia, su consumo podría llegar a unos 945 teravatios-hora en 2030, más del doble. La inteligencia artificial es uno de los principales motores de ese crecimiento, junto con otros servicios digitales. Se trata de una previsión, no de una certeza: la cifra final dependerá de la eficiencia de los equipos, de la demanda y de la evolución de las infraestructuras.

El origen de esa electricidad también importa. Un centro conectado a una red con abundantes energías de bajas emisiones puede tener una huella climática diferente de otro alimentado con fuentes más contaminantes. Y algunas formas de producir electricidad requieren agua de refrigeración, lo que añade una huella indirecta.

2.4 El lugar importa: no es lo mismo consumir agua en cualquier región

El impacto de un litro de agua depende del lugar. En una comarca húmeda, con recursos abundantes, las consecuencias pueden ser distintas de las de una zona donde los agricultores, los hogares y las industrias compiten por un recurso escaso. Por eso las decisiones sobre dónde construir centros de datos deben valorar no solo la electricidad disponible, sino también los recursos hídricos y la vulnerabilidad ante sequías.

En España, y particularmente en territorios mediterráneos como Andalucía, esta reflexión es especialmente pertinente. Las nuevas instalaciones pueden atraer inversión, empleo y servicios tecnológicos; pero conviene exigir estudios rigurosos sobre su consumo de agua, sus necesidades energéticas y su compatibilidad con los usos existentes.

3. Las soluciones que ya están cambiando el sector

La buena noticia es que la sed digital no es una característica inmutable. Existen tecnologías y decisiones de diseño capaces de reducir el impacto. Una de ellas es la refrigeración por aire, que puede limitar el consumo directo de agua, aunque en determinadas condiciones necesite más electricidad. Otra es la refrigeración líquida cerca de los componentes calientes, que permite retirar calor de forma eficaz; su huella final dependerá del sistema completo.

También se estudia la refrigeración por inmersión, que coloca determinados componentes en líquidos especiales no conductores, y el aprovechamiento del calor residual para otros usos. Algunas instalaciones pueden utilizar agua regenerada, procedente de aguas residuales tratadas, en vez de recurrir al agua potable. Esta opción exige controles y redes adecuadas, y no resulta viable en todos los lugares.

Una tercera vía está dentro del propio software: desarrollar modelos más pequeños, reducir cálculos innecesarios y utilizar el sistema apropiado para cada tarea. No hace falta movilizar la herramienta más potente para ordenar facturas o reconocer un fallo sencillo en una máquina.

3.1 IA más cerca de nosotros, no siempre en un centro lejano

Cada vez más dispositivos pueden ejecutar una parte de la inteligencia artificial directamente: móviles, ordenadores personales, cámaras, sensores o maquinaria industrial. Es lo que se conoce como inteligencia artificial local. Puede evitar algunas comunicaciones continuas con la nube y responder con rapidez, aunque también gasta electricidad y requiere fabricar equipos.

La comparación ambiental no tiene una respuesta automática: a veces será mejor un modelo pequeño en el propio dispositivo; en otras ocasiones, un centro de datos eficiente que atienda a muchos usuarios puede aprovechar mejor los recursos. Lo sensato es evaluar cada aplicación y evitar soluciones sobredimensionadas.

3.2 La paradoja: la IA también puede ahorrar agua

La misma tecnología que necesita refrigeración puede ayudar a conservar recursos naturales. En agricultura, sensores y programas inteligentes pueden detectar cuándo un cultivo necesita realmente riego. En redes urbanas, pueden señalar fugas mediante cambios anómalos de presión y consumo. En fábricas, pueden ajustar procesos para gastar menos energía o agua.

También puede contribuir a predecir la producción solar y eólica, gestionar la demanda eléctrica y mejorar los sistemas de refrigeración de los propios centros de datos. Pero conviene medir los resultados: que una herramienta prometa eficiencia no demuestra que su beneficio ambiental supere siempre su coste.

3.3 Cuando algo consume menos, pero lo usamos mucho más

Hay otro fenómeno que conviene entender: el efecto rebote. Supongamos que una nueva tecnología reduce a la mitad la energía que necesita cada consulta. Si el servicio se abarata y acabamos haciendo cuatro veces más consultas, el consumo total será el doble del inicial. Mejorar la eficiencia es imprescindible, pero no garantiza por sí solo que disminuya el uso global de recursos.

Además, el impacto comienza antes de hacer la primera pregunta. Fabricar procesadores, construir edificios y producir equipos también consume materiales, electricidad y agua. Y cuando los aparatos se sustituyen, aparecen residuos que deben gestionarse. Una evaluación responsable contempla todo su ciclo de vida.

4. Qué podemos exigir y qué podemos hacer

La mayor responsabilidad recae en las empresas que diseñan y operan estas infraestructuras y en las administraciones que regulan su implantación. Es razonable exigir información comparable sobre consumo eléctrico, agua extraída, agua realmente consumida, procedencia de la energía y efectos sobre la zona. También resulta clave priorizar ubicaciones adecuadas, equipos eficientes y tecnologías compatibles con la disponibilidad local de agua.

Los usuarios podemos contribuir utilizando herramientas proporcionadas a la tarea y evitando procesos innecesarios, pero no debemos cargar con toda la responsabilidad de sistemas cuyo diseño no controlamos. El progreso tecnológico también consiste en ofrecer servicios útiles con menos recursos y con información transparente.

5. Una revolución que debe aprender a cuidar sus recursos

La próxima vez que pidamos una receta, un resumen o una explicación a una inteligencia artificial, seguiremos viendo solo palabras aparecer en la pantalla. No veremos los cables, los procesadores ni el sistema que se ocupa del calor. Sin embargo, esa infraestructura existe y comparte con nosotros recursos físicos limitados.

La conclusión no es renunciar a la inteligencia artificial. Su capacidad para mejorar la medicina, la investigación, los servicios públicos y la gestión de la energía puede ser extraordinaria. El reto es conseguir que ese valor sea compatible con la protección del territorio y del agua.

La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero su futuro también depende de lo que ocurra en la Tierra.

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